EL SISTEMA AGROTECH

agricultura1884x429Puede que sea impresión mía, pero desde hace cinco o seis años ha crecido el interés de las instituciones públicas y las empresas tecnológicas por trabajar en desarrollos útiles para las empresas de la cadena alimentaria.

Junto a eventos pioneros como FIMART (en 2018 su quinta edición), se prodigan iniciativas como H2Orizon o el Startup Europe Smart Agrifood Summit especializados ambos en la aplicación de la tecnología al sector empresarial, las grandes ferias agroalimentarias incorporan secciones específicas de innovación y tecnología. Incluso los colegios profesionales, como ocurre con el de Ingenieros Agrónomos, centra el foco de su IV Asamblea Nacional en dicho campo.

Puede ser una respuesta lógica a los grandes retos de la Humanidad puestos de manifiesto en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas o a las expectativas generadas en grandes corporaciones que estiman que si en España se hiciese una aplicación de la tecnología al sector agroalimentario similar a la que se realiza en Francia o Alemania en relación al tamaño del propio sector agroalimentario, el mercado de tecnologías agroalimentarias español sería diez veces mayor.

Mirando fuera de nuestras fronteras debemos reconocer la labor de faro vigía que vienen desarrollando organizaciones como AgFunder, Silicon Valley Forum (Seeds of our Future) o Expo Agrofuturo. Una rápida mirada a los informes periódicos de inversión en el sector agrotech o el alcance de los eventos organizados por dichas entidades, son evidencias claras de que la denominada revolución agrotech es una realidad global.

No tengo duda del potencial teórico de crecimiento en nuestro país, pero ¿cuál es la demanda real actual y cómo evolucionará esta en el corto plazo? Los potenciales usuarios de la tecnología, agricultores, ganaderos y agroindustriales ¿perciben las oportunidades en la aplicación de ésta?

Sobre un horizonte aparentemente esperanzador para la mejora de la competitividad de las empresas agroalimentarias españolas gracias a la innovación y adopción de la tecnología, se ciernen nubarrones de incertidumbre alimentados por frases como la que me espetó un compañero y amigo, responsable de una relevante institución representativa del sector “… Miguel Angel, esto no les interesa a los agricultores y ganaderos… – matizó – usáis un lenguaje que ellos no entienden…

A los que trabajamos en innovación empresarial del sector agroalimentario nos da la impresión de que no avanzamos a la velocidad que deberíamos. Personalmente tengo la sensación de que se hacen encomiables esfuerzos desde las instituciones -un notable ejemplo de esto es el Partenariado Temático de Trazabilidad y Big Data impulsado por la Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Rural de la Junta de Andalucía- que no siempre tienen una respuesta suficiente por parte de los presuntos beneficiarios de las mismas, en este caso, agricultores, ganaderos y agroindustriales (obviamente siempre hay matices y salvedades dignas de elogio).

No pienso que los agricultores, ganaderos y agroindustriales españoles sean poco innovadores, sino que, observando lo que se produce en otros entornos, me da la impresión, de que en nuestro país el proceso es mucho más lento, lo que puede conllevar una pérdida de competitividad en el corto o medio plazo. Como decía un amigo mío “…camarón que no se mueve, se lo lleva la corriente…

Con el fin de buscar evidencias del nivel de conocimiento sobre la aplicación de la tecnología para resolver los problemas y necesidades de los citados usuarios, así como detectar las barreras de adopción, hace algún tiempo lanzamos un sondeo orientado a consultar a los profesionales de la cadena alimentaria sobre este asunto. Esperamos poder tener evidencias que poder presentar en próximas fechas.

Fruto del contacto frecuente con empresarios de la cadena alimentaria, responsables de organizaciones empresariales y empresas tecnológicas que todos los días tratan de buscar clientes, he identificado las que, a mi juicio, son algunas de las principales razones del débil proceso de innovación y adopción de tecnología en la cadena alimentaria en nuestro entorno.

  • Visión poco clara de la utilidad de las tecnologías para la mejora de la competitividad.

Todo empresario persigue mejorar sus resultados (los económicos de su negocio y los personales en términos de calidad de vida). Para ello, identifica “los palos que ha de tocar”, qué variables de su negocio son críticas y como mejorar el desempeño de su empresa. Los grandes bloques de preocupación empresarial, la generación de ingresos y los costes del negocio, suelen abordarse con estrategias tradicionales por parte de las empresas (cambio de producto, ajustes de precios, negociación, intensificación de la acción comercial, etc.), el otro gran bloque de preocupación, como evoluciona la política de apoyos públicos y, en general los requerimientos de la Administración, se suele afrontar con cierta resignación. En el fondo se perciben como asuntos generados desde fuera, sobre los que es muy difícil actuar.

En raras ocasiones, los empresarios de la cadena alimentaria tienen a su alcance claros ejemplos de que, gracias a la aplicación de las tecnologías, se puedan vender mejor sus productos (a más mercado, a mejor precio) o puedan reducirse significativamente los costes (menos uso de fitosanitarios, agua, fertilizantes, energía…).

En ocasiones esta aparente ceguera es fruto de que el empresario se ocupa sólo de lo urgente desatendiendo lo importante, se ocupa de subsistir, no de mejorar.

El único antídoto ante este mal es conocer cómo lo hicieron y que resultados obtuvieron otros. Esto permite tangibilizar las oportunidades. Es muy importante poner en valor los casos de éxito.

  • Capacitación y el perfil de los decisores.

La realidad de nuestro tejido empresarial, especialmente en producción primaria, está condicionada por el tamaño de las empresas y la edad de los decisores, frecuentemente con difícil o imposible relevo generacional. Hay un riesgo cierto de mortandad empresarial en muchos territorios que agravará el, en algunos lugares, irreversible fenómeno de despoblamiento rural.

La situación descrita condiciona las posibilidades de que, en caso de que el decisor en la empresa intuya que la innovación y la tecnología puede ayudarle a mejorar, se den en la organización las condiciones para acometer un complejo proceso de cambio que siempre requiere de conocimiento especializado y muy frecuentemente es dilatado en el tiempo.

Confiamos en la utilidad de los trabajos desencadenados por parte del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (Grupo Focal de Digitalización y Big Data) que ha incidido en este aspecto indicado, pero no estaría mal poder contar con programas de capacitación (no necesariamente formación al uso), específicamente pensados para los empresarios y máximos responsables de empresas de la cadena alimentaria, de pequeña dimensión, cooperativas y empresas familiares.

  • Técnicos competentes.

No pocos empresarios ya sensibilizados, con adecuada capacitación y que tienen claro que iniciativas innovadoras necesitan acometer, manifiestan la necesidad de contar con profesionales comprometidos y adecuadamente formados en un ámbito que, en parte debido a su rapidísima evolución, no cuenta con suficientes profesionales (universitarios y con otros perfiles técnicos).

El sector tiene una gran oportunidad con iniciativas como el reciente Máster en Transformación Digital de la Cadena Alimentaria de las universidades de Córdoba y Málaga. Confiamos que, en poco tiempo, este programa de formación contribuya de forma decisiva a paliar este problema puesto de manifiesto por muchas empresas.

Iniciativas parecidas deberían ser impulsadas en el ámbito de la formación profesional.

  • Políticas de estímulo y marco regulatorio.

Desde el diseño de las Estrategias de Especialización Inteligente (RIS3) en las regiones europeas creo que se han dado pasos acertados en dotar de coherencia a los programas de estímulo a la innovación. Tiene sentido focalizar esfuerzos en aquellos sectores y actividades en los que la Unión Europea puede jugar un papel relevante en la escena internacional, especialmente cuando hay cada vez menos recursos.

Uno de los productos derivados de la RIS3 son las ayudas a los Grupos Operativos, un, desde mi punto de vista, acertado mecanismo de apoyo a proyectos innovadores consorciados, con clara aplicación a la mejora competitiva y la resolución de problemas reales. Esta iniciativa, que tuvo un titubeante inicio que generó cierta confusión, debería generar valiosos casos de éxito de aplicación de la innovación abierta.

Aún a pesar de esta valiosa contribución proveniente del ámbito institucional, no son infrecuentes los casos en los que los empresarios más innovadores, aquellos que generan modelos de transformación disruptiva, se topan de bruces con los marcos regulatorios. Ejemplo cercano hemos vivido en la aplicación de los drones para agricultura de precisión.

Con frecuencia, cuanto más innovador es un modelo de negocio, más dificultades tiene para encajar en los marcos regulatorios preexistentes.

Como respuesta a esta limitación al proceso de innovación en modelos de negocio, aparentemente autoimpuesta, hace algún tiempo escuché a un funcionario de la Comisión de un enfoque que están explorando en algunos ámbitos de la Unión, el desarrollo de “Sandbox” (areneros), espacios de trabajo con marcos regulatorios muy ligeros y flexibles, en los que, para la puesta en marcha de un proyecto innovador, se suplen las normas, durante un periodo de tiempo, por unos adecuados niveles de corresponsabilidad de los promotores. Investigaré más sobre estos denominados areneros y los trataré en un futuro post.

Corolario:

Las innovaciones que verdaderamente cambian la realidad son en cierto sentido procesos revolucionarios, se sustituyen las reglas del juego preexistente por una nueva realidad. No percibo que la mayoría de las empresas de la cadena alimentaria española estén en “modo revolución” para aprovechar la ola de la revolución agrotech global. Quizá deberíamos hacer algo para cambiar esto.

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